EL TERREMOTO QUE DEJA ESPAÑA TRAS MARCHARSE Y LA GRIETA QUE EUROVISIÓN NO QUIERE MIRAR

 Lo de España no ha sido un portazo: ha sido un espejo. Un espejo que la UER no quería mirar y que muchos eurofans llevaban tiempo colocando frente al festival. Lo que ha ocurrido no es solo una decisión política ni una rabieta institucional; es la demostración de que la confianza estaba rota desde hace años y de que el relato oficial del “todo es música” ya no convence a nadie.

La negativa a apartar a Israel, pese a las denuncias y la tensión social acumulada, ha desatado un terremoto que deja al festival sin uno de sus pilares históricos. Pero, sobre todo, deja algo más profundo: un vacío simbólico. España era un miembro del Big Five, sí, pero también era una pieza fundamental del vínculo emocional del público hispanohablante con este show global. Perder eso no es solo perder audiencias: es perder comunidad.

A nivel de imagen, el golpe para Eurovisión es brutal. El festival venía vendiéndose como un espacio seguro, progresista, diverso… pero cuando llegan los momentos importantes, la percepción social es otra: geopolítica, doble moral y decisiones alineadas con intereses que poco tienen que ver con la música. Y en marketing, esa brecha entre relato y realidad se paga caro.

RTVE, en cambio, ha leído muy bien el clima social. Ha entendido que la audiencia joven —la que Eurovisión presume de tener fichada— es intolerante con la incoherencia y cada vez más exigente con la responsabilidad cultural. Y aquí, frente a la inacción de la UER, la opción más poderosa no era hablar, sino actuar. En estrategia de marca esto se llama posicionamiento emocional: cuando un valor pesa más que un contrato.

Los eurofans tampoco se han quedado callados. La comunidad está dolida, frustrada y, a la vez, más combativa que nunca. Se sienten huérfanos, sí, pero también empoderados. Han convertido la indignación en discurso, análisis, presión social y vigilancia activa. En redes, en foros, en directos; no es ruido: es narrativa. Y ahora el festival tendrá que gestionar una crisis de reputación sin su fandom más articulado entre bastidores.

Mientras tanto, el Benidorm Fest se convierte en el oasis inesperado. Un espacio donde el marketing musical funciona mejor que en la propia Eurovisión: sin tensiones externas, sin discursos artificiales y con la capacidad de crecer desde una identidad auténtica. Aquí la emoción no está condicionada, y eso, en un mercado saturado de formatos, vale oro.

Lo irónico de todo esto es que Eurovisión nació para juntar pueblos, pero hoy parece más dividido que nunca. Se ha convertido en un producto que teme a su propio público, que no escucha a sus creadores y que subestima el poder del impacto social. España no solo se marcha: deja una pregunta incómoda flotando en el aire. ¿Puede un festival sobrevivir ignorando la conversación más importante de su audiencia?

Y quizás ahí está la clave. Eurovisión seguirá, por supuesto. Pero la conversación ya ha cambiado. Y en el terreno de la cultura pop, quien pierde el control de la conversación pierde algo más que espectadores: pierde relevancia.