EL ARTE DE SABER CUÁNDO SOLTAR PARA PODER CRECER

Irnos cuesta. Mucho más de lo que solemos admitir. Permanecer en un puesto, en un rol o en una responsabilidad nos da identidad, seguridad y una narrativa cómoda sobre quiénes somos. Pero no siempre quedarnos es sinónimo de compromiso. A veces, quedarse demasiado tiempo es la forma más silenciosa de empezar a desaparecer.

La pregunta incómoda no es si podemos seguir, sino si debemos seguir. No hablamos de huir ante la dificultad ni de abandonar en mitad de una crisis, sino de aprender a leer las señales que indican que una etapa ha cumplido su función. Saber irse no es rendirse, es elegir conscientemente el siguiente capítulo.

Una de las primeras alertas aparece cuando dejan de brillarnos los ojos. Lo que antes generaba ilusión ahora pesa. La pasión se transforma en rutina y la energía se sustituye por inercia. Seguimos cumpliendo, pero sin hambre. Y cuando eso ocurre, algo esencial se ha roto por dentro.

Otra señal clara es dejar de aprender. El aprendizaje es el verdadero termómetro del crecimiento. Cuando sentimos que ya lo sabemos todo, que nada nos sorprende o que no hay retos intelectuales reales, empezamos a envejecer profesionalmente, aunque el cargo siga siendo relevante.

También aparece la tentación de justificar resultados mediocres. Las excusas se refinan, los discursos se vuelven sofisticados y el contexto siempre parece culpable. Pero los resultados sostenibles no admiten maquillaje constante. Si no hay impacto, algo falla, por muy bien que sepamos explicarlo.

Con el tiempo, puede suceder que dejemos de inspirar. Seguimos tomando decisiones, pero ya no movilizamos. Mandamos más, pero influimos menos. El liderazgo se vuelve jerárquico en lugar de inspirador, y eso empobrece tanto al equipo como a quien lidera.

Hay otro síntoma especialmente peligroso: cuando nadie nos lleva la contraria. El silencio disfrazado de consenso suele ser una señal de alerta. Rodearse solo de aplausos debilita el criterio y alimenta el ego. La contradicción razonada es salud, y su ausencia suele indicar que algo no va bien.

El desajuste con el entorno es otra pista clave. Cuando cambiamos más despacio que el contexto, cuando el mundo corre y nosotros caminamos, empezamos a frenar más de lo que aportamos. La innovación se convierte en discurso y el cambio en una presentación sin alma.

Finalmente, están las agendas vacías de sentido. Reuniones que no llevan a ningún sitio, prioridades que ya no conectan con un propósito real, compromisos que no generan valor. Cuando la agenda deja de vibrar, es el cuerpo el que empieza a pedir movimiento.

Saber irse no nos hace prescindibles ni irrelevantes. Al contrario. Implica entender que no somos el proyecto, sino una parte del proceso. Preparar el relevo, soltar con elegancia y dejar espacio a otros es una forma madura de liderazgo y una muestra de respeto por lo construido.

Irse no es el final. Casi siempre es el principio de algo mejor. Porque quien sabe cerrar bien una etapa demuestra algo esencial: ha entendido que crecer también consiste en saber soltar