EL DÍA QUE CEUTA SE SALVÓ Y YO ENTENDÍ DÓNDE QUERÍA ESTAR

Hay momentos que no se olvidan porque marcan un antes y un después. No por el resultado de un partido, sino por lo que despiertan dentro de ti. Para mí, todo se condensó en una tarde de mayo en Ceuta, cuando entendí que aquello que había empezado casi por casualidad se estaba convirtiendo en el prólogo real de mi carrera profesional.

Todo comenzó en marzo de 2023, cuando hablaba con Sergio Mediavilla porque necesitaba cámaras para operar en Primera RFEF. Yo estaba terminando el técnico superior de fotografía y fui honesto: no sabía hacerlo. Pero tenía algo más importante, ganas. Y a veces eso pesa más que cualquier experiencia previa. Me dio la oportunidad y la aproveché sin saber que ese “sí” iba a cambiar muchas cosas.

Con el paso de las semanas, lo que era vértigo se convirtió en oficio. Hoy me sueltas cualquier ENG y lo opero con naturalidad, pero entonces todo era aprendizaje acelerado. Cubrí especialmente a Ceuta y a La Línea, y cada partido era una clase práctica de presión, coordinación y confianza. El equipo titular empezó a tener otros compromisos y, casi sin darme cuenta, me convertí en parte habitual del engranaje.

La Línea era un campo en obras, casi de trinchera. Operábamos con casco, sorteando obstáculos, adaptándonos a lo que hubiese. Pero Ceuta era otra historia. Ceuta era logística, madrugones, puerto a las seis de la mañana, hora y media de barco y la incertidumbre de la marea. Durante aquella primera temporada cruzábamos el material en coche; después, tocaría cargarlo a la espalda. Duro, sí. Pero también inolvidable.

Mi estreno en Ceuta fue de los que no se olvidan. Salí casi sin dormir, entre nervios y emoción, rumbo al puerto antes del amanecer. Lo que empezó como una prueba se convirtió en rutina. Y esa rutina era especial. Cada domingo era madrugar, sí, pero también era risas, café, bocadillo de tortilla, donuts, conversaciones infinitas y esa sensación de estar construyendo algo con buena gente.

El 27 de mayo de 2023, la AD Ceuta FC se jugaba la permanencia contra la Real Balompédica Linense. Curiosamente, los dos equipos que más había cubierto como junior. Pero aquel día no fue solo fútbol. Fue uno de los atardeceres más bonitos que he visto jamás en el Alfonso Murube. La luz cayendo sobre el campo, la tensión en el ambiente y yo detrás de la cámara pensando: “Es aquí”.

No era solo la permanencia del equipo. Era mi propia permanencia en un sector que empezaba a sentir como casa. Fue el momento en el que confirmé que quería dedicarme a esto, que me apasionaba contar historias desde el objetivo y vivirlas desde dentro. Me enamoré de la ciudad, del club y de la experiencia completa, con sus madrugones y sus travesías incluidas.

Con el tiempo, aquel grupo de trabajo se convirtió en una pequeña familia. Han pasado ya tres años y, aunque las circunstancias hayan cambiado y ahora trabajemos bajo otras estructuras, seguimos coincidiendo. No como antes, pero seguimos. Y eso, en un sector tan cambiante, dice mucho de las relaciones profesionales que se construyen desde la verdad.

Aquel partido fue el cierre perfecto de mi primera etapa laboral. Después vinieron más proyectos, más responsabilidades y más aprendizajes. Pero ese día permanece intacto en mi memoria como el símbolo de que el esfuerzo, la dedicación y la honestidad acaban encontrando su sitio. Igual que un equipo lucha por mantenerse, uno también pelea por consolidarse en su profesión.

No estábamos allí solo para grabar fútbol. Estábamos demostrando, cada uno a su manera, que cuando haces las cosas con claridad, compromiso y buen fondo interior, los resultados llegan. A veces en forma de permanencia. Otras, en forma de certeza. La mía fue entender que quería seguir cruzando ese barco todas las veces que hiciera falta.