MATERIALISTS: EL LENGUAJE VISUAL DEL PODER Y LA CALLE
En Materialistas, la jerarquía social no se subraya con frases ni discursos explícitos. Se construye desde algo mucho más poderoso y sutil: la puesta en escena. Desde el primer momento, la película decide que el espectador entienda el estatus de los personajes a través de la forma de mirar, no de lo que se dice.
Cuando la historia se mueve en los espacios de poder y comodidad, la cámara respira. Los planos son largos, los movimientos suaves y elegantes, con travellings que acompañan sin invadir. Todo transmite control, estabilidad y una sensación de mundo ordenado donde nada parece improvisado.
En esas escenas, los personajes interpretados por Dakota Johnson y Pedro Pascal aparecen rodeados de colores cálidos, marrones y ocres, integrados en arquitecturas altas que refuerzan la idea de ascenso, dominio y distancia respecto a la calle.
Pero el tono cambia radicalmente cuando la película desciende al otro lado de la escala social. Con la entrada del personaje de Chris Evans, la cámara deja de flotar y empieza a temblar. El lenguaje visual se vuelve inestable, nervioso, casi incómodo de mirar.
Aquí domina la cámara en mano, los cortes rápidos y una narrativa visual fragmentada que transmite ansiedad y falta de control. El espacio ya no protege; oprime. Todo ocurre a pie de calle, rodeado de ruido, motores, grafitis y elementos que refuerzan una sensación constante de fricción con el entorno.
El color acompaña esa transformación. Los tonos pierden cualquier rastro de glamour y se vuelven metálicos, grises, fríos. La riqueza ya no está solo ausente; visualmente parece imposible. Cada plano refuerza la idea de que este mundo funciona con otras reglas y otra energía.
Lo interesante es que la película no se queda en el contraste. Cuando el amor aparece en ese entorno aparentemente hostil, el lenguaje cinematográfico vuelve a mutar. Sin subrayarlo, los planos se serenan, la cámara se estabiliza y el ritmo encuentra una nueva armonía.
Poco a poco, los grises dejan espacio a los verdes, a plantas, árboles y flores. Elementos que antes parecían exclusivos de la riqueza reaparecen, pero ahora no como lujo, sino como algo orgánico, integrado y natural dentro de ese mundo.
El mensaje final es tan sencillo como poderoso. La película sugiere que lo verdaderamente artificial no es la pobreza ni la calle, sino el exceso. Que lo más natural no es el mármol ni la madera cara, sino compartir la vida con la persona que amas, incluso cuando el entorno parece no acompañar.
